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Pensamiento crítico
vs. macaneo
Por Mario
Bunge
Mensaje enviado a
la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento
Crítico desde Montreal, Canadá
Nuestra
especie, Homo Sapiens Sapiens, emergió hace apenas
50.000 años. El pensamiento crítico es muchísimo más joven:
nació en Grecia y en India hace apenas 26 siglos. Antes de
ese evento, toda la gente se guiaba exclusivamente por la
experiencia cotidiana o la fantasía sobrenaturalista, ya
religiosa, ya secular.
Entonces nadie pedía pruebas de las hipótesis con que se
pretendía explicar la realidad. En particular, nadie osaba
dudar de las afirmaciones de los sacerdotes, shamanes, o
gobernantes. Era la época de oro de los poderosos, que se
salían con la suya con sólo exclamar “¡Síganme!”. Nadie les
preguntaba por qué había que seguirles.
Tales de Mileto, famoso por el teorema que lleva su nombre,
creó la primera cosmovisión occidental secular y racional,
aunque fantasiosa vista a luz de la ciencia moderna. Tales
también fue el primero en proponer una explicación
científica del eclipse solar, que tanto asustaba a los
antiguos, y el que atribuyó correctamente a la ocultación
del Sol por la Luna, y no a dioses, demonios o magos.
El pensamiento crítico supera tanto al mágico como al
religioso, a las ideologías tradicionales, a las
seudociencias y a las seudofilosofías como la fenomenología
y el existencialismo. Todas estas doctrinas son dogmáticas.
Por ello todas ellas merecen la crítica del pensador
riguroso.
Por ejemplo, el pensador crítico le exige al teólogo que
pruebe la existencia de Dios; al neoliberal, que pruebe que
el libre comercio elimina la pobreza y que las elecciones
bastan para asegurar la democracia; al marxista-leninista,
que pruebe que el Estado asegura la socialización de los
medios de producción y que la dictadura lleva a la soberanía
popular; al psicoanalista, que pruebe la existencia del alma
trina e inmaterial y del complejo de Edipo; y al
fenomenólogo, que pruebe que, para aprehender la esencia de
las cosas, es necesario “ponerlas entre paréntesis”, o sea,
fingir que no existen fuera del sujeto, en lugar de
investigarlas científicamente.
Por ser antidogmático, el pensador crítico se expone a ser
censurado, discriminado, perseguido o asesinado por los
poderes que necesitan que los de abajo crean ciertos dogmas.
Los argentinos saben algo de esto, porque vivieron muchos
años a la sombra de la cruz, de la espada, de la llamada
doctrina nacional, u otras supersticiones.
Por ejemplo, hace tres décadas, un tal Raúl Mendé, director
de la Escuela Superior Peronista, declaró que “Perón no se
equivoca ni puede equivocarse jamás. […] Porque todos los
genios y los grandes hombres han padecido errores y
defectos. Todos menos Perón.” Que yo sepa, el Nuncio
Apostólico no protestó contra esta infracción al monopolio
de la infalibilidad que se le atribuye al papa.
En la misma época floreció el tenebroso José López Rega (a)
El Brujo, ministro peronista que había escrito libros sobre
astrología, y que organizó la famosa Triple A, causante del
exilio de miles de opositores, muchos de ellos científicos,
y otros psicoanalistas, unos y otros considerados como
competidores de las supersticiones que gozaban del
beneplácito del gobierno.
Años después, Los psicoanalistas se vengaron. Al regresar
del exilio organizaron Facultades de Psicología en las que
no hay ni un sólo psicólogo científico, ni un sólo
laboratorio psicológico. Que es como si las facultades de
ciencias enseñaran alquimia en lugar de química,
creacionismo en lugar de evolucionismo, y “medicinas”
alternativas en lugar de medicina científica. Más aun, dado
que incluso los taxistas porteños hablan de psicoanálisis, y
los profesores de epistemología lo presentan como ciencia,
la prensa no se atreve a publicar críticas a esta
superchería.
Prueba al canto: hace cinco años, cuando se cumplió un siglo
de La interpretación de los sueños, el Evangelio
según San Segismundo, el decano de la prensa argentina
rechazó un artículo mío sobre el tema. En él yo afirmaba que
algunos dogmas de Freud fueron sometidos a pruebas
experimentales, de las que salieron malparados, y que
ninguno de ellos fue confirmado experimentalmente.
También informaba yo que en 2000 unos psicoanalistas
neoyorkinos habían publicado un artículo en el
International Journal of Psychoanalysis , en el que,
después de reconocer que durante un siglo no había habido
pruebas experimentales de su Evangelio, afirmaban haber
realizado el primer experimento sobre la eficacia
terapéutica de la doctrina. Pero, dado que ignoraban el ABC
del método experimental, esos creyentes no habían incluido
un grupo de control: sólo habían tenido en cuenta los
presuntos resultados favorables que exhibían sus clientes.
Termino. Hubo un tiempo en que la clase dirigente argentina,
aunque no creía en la justicia social, ni siquiera en la
democracia política, creía en la ciencia. A esto se debieron
creaciones tales como el Observatorio Astronómico Nacional,
la Academia Nacional de Ciencias, la Universidad Nacional de
La Plata, el primer laboratorio de psicología experimental
en América Latina, las investigaciones paleontológicas de
los hermanos Ameghino, y la inclusión de cursos obligatorios
de ciencias en las escuelas secundarias.
Esa ideología procientífica pasó a la defensiva el 6 de
setiembre de 1930, cuando fue reemplazada por el catolicismo
agresivo, el fascismo de la Legión Cívica Argentina, el
existencialismo, y otros yuyos. Durante esos años, el
ministro del interior, apodado El Enterrador, exhibía
orgullosamente retratos firmados de Hitler y Mussolini. Y el
Ministro de Instrucción Pública, cuyo texto de zoología era
obligatorio, declaraba su hostilidad a la biología evolutiva
y enseñaba su propia teoría fantasiosa de la mitosis.
Desde entonces, la ciencia argentina avanzó mucho, luego
retrocedió, más tarde se recuperó y ahora está estancada.
Pero, a diferencia de lo que ocurrió entre 1880 y 1930, los
avances de la ciencia fueron anulados por los de las
seudociencias. El país nunca volvió a tener un presidente ni
un ministro procientíficos como Domingo F. Sarmiento y
Joaquín V. González respectivamente. En cambio, se convirtió
en el paraíso de astrólogos, homeópatas, psicoanalistas y
shamanes de otras escuelas, todas ellas lucrativas y ninguna
exploradora de la realidad.
¿No es hora de que los intelectuales argentinos aprendan a
distinguir la moneda cultural falsa de la auténtica, el
dogma de la hipótesis contrastable, y el macaneo
desenfrenado del pensamiento crítico?
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